A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Tantia le miró largamente, con una mirada que traducÃa profunda inquietud; luego haciendo acopio de toda su energÃa, contestó:
—No; no te he visto nunca.
—¡Mientes! —gritó el malayo—. Cuando pasaste la jofaina ante los ojos de la joven india, yo estaba sólo a tres pasos de distancia de ti.
El gussain se estremeció ligeramente, pero contestó en seguida:
—Te equivocas: un rostro con una piel tan fea, no se me habrÃa olvidado tan fácilmente. Te lo repito; no te he visto nunca.
—Un hombre con un brazo anquilosado y un ramito en el puño no se olvida asà como asà —replicó el malayo—. Fuiste tú; lo afirmo solemnemente.
El gussain se encogió de hombros, sonrió irónicamente y dijo:
—Este hombre es un loco o ha jurado perderme. Pero Tantia no es tan estúpido como para caer en la infame emboscada preparada por este miserable.
—Es demasiado astuto para comprometerse —dijo Tremal-Naik—. Pero el interrogatorio ha comenzado apenas y no acabará tan aprisa.
—Es cierto —dijo Sandokán—. Acusa, Kabung.