A la conquista de un imperio

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—Yo digo que este hombre se presentó en el palacio de la joven india —continuó el malayo—, que pidió permiso para descansar, que le dejaron solo y luego, durante la noche, desapareció, llevándose al ama. ¡Que lo niegue, si se atreve!

—Me atrevo —contestó el faquir.

—De forma que no quieres confesar por cuenta de quién has actuado —observó Sandokán.

—Yo soy un pobre hombre que sólo desea irse lo antes posible al kailasson. Mi cuerpo no serviría ni para la cena de un tigre.

—Kammamuri —dijo Sandokán—, este hombre no ha desayunado todavía, tráele un plato de curry. Igual que cedió Kaksa Pharaum, cederá este obstinado.

El maharato, que estaba removiendo el guiso contenido en una olla de hierro, que le hacía lagrimear abundantemente, llenó un recipiente y lo colocó ante el gussain.

—Come —dijo Sandokán—; después seguiremos la-conversación.

Tantia olió el arroz, condimentado con drogas muy fuertes y sacudió la cabeza, diciendo con voz resuelta:

—¡No!

Sandokán sacó una pistola de la faja, la cargó y acercando el frío cañón a una sien del prisionero, le dijo:


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