A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —O comes o te vuelo la cabeza.
—¿Qué contiene este curry? —preguntó el faquir, apretando los dientes.
—Cómelo, te digo.
—¿Me prometes que no contiene un veneno?
—No tengo ningún interés en suprimirte: al contrario, deseo que vivas. ¿Te decides o no? Te concedo un minuto.
El faquir vaciló un instante, luego cogió la cuchara que le tendía Kammamuri con una sonrisa irónica y se puso a comer, haciendo horribles muecas.
—Demasiada pimienta en este curry —observó—. Tienes un mal cocinero.
—Buscaré otro —contestó Sandokán—. De momento confórmate con el que hay.
El faquir, al ver que no dejaba la pistola, siguió comiendo aquella mezcla infernal, que debía de quemarle el estómago. Pero como los indios acostumbran poner mucha pimienta en sus alimentos, especialmente en el curry, el gussain debía de notar menos sus ardientes efectos.
Cuando hubo terminado, se golpeó el vientre con la mano izquierda, diciendo:
—También esta sopa pasará.