A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Veremos si tu estómago es tan sólido —replicó Sandokán—. Ahora tú, Tremal-Naik. El bengalà y Kammamuri agarraron al gussain por debajo de los brazos y le pusieron de pie.
—¿Qué más queréis de m� —preguntó el desdichado con terror.
—Aún no hemos terminado —contestó Tremal-Naik—. ¿CreÃas escapar tan fácilmente? ¿Quieres evitar el resto? Pues entonces, confiesa.
—¡Ya os he dicho que no sé nada! —chilló Tantia—. No tomé parte en el secuestro de esa mujer. Y ya podéis arrancarme la lengua torturarme…, no podré deciros lo que no he hecho.
—Ya veremos —dijo Tremal-Naik.
Le empujaron fuera y le hicieron bajar la escalinata, deteniéndole ante un agujero muy profundo, que dos malayos estaban cavando.
—Ya bastará —dijo Sandokán a los dos piraras, tras echar un vistazo al hoyo—. El hombre no es gordo, todo lo contrario.
El gussain retrocedió dos pasos, mirando con turbación a Sandokán y a sus dos compañeros.
—¿Qué queréis hacer conmigo? —preguntó, rechinando los dientes—. Recordad que soy un faquir, un hombre santo que tiene la protección de Brahma.
—Llámale para que venga a librarte —recomendó Sandokán.