A la conquista de un imperio

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—Vosotros no gozaréis las delicias del kailasson, cuando se os lleve la muerte.

—Me contentaré con el paraíso de Mahoma.

—El rajá me vengará.

—Está demasiado lejos; además, en este momento no tiene tiempo de ocuparse de ti. ¿Quieres hablar sí o no?

—¡Malditos todos vosotros! —aulló furioso el gussain—. ¡Lanzo contra vosotros el mal de ojo!

—Mi cimitarra lo hará pedazos —contestó Sandokán—. Metedle dentro.

Los dos malayos se apoderaron del faquir, que con un solo brazo disponible opuso muy escasa resistencia, y le metieron en el agujero, dejando fuera la cabeza y el brazo izquierdo, que ya nadie hubiera podido doblar sin rompérselo.

Hecho esto, empezaron a echar paletadas de tierra con el fin de rodear e inmovilizar por completo aquel delgadísimo cuerpo.

El gussain —que quizás había adivinado a qué espantoso suplicio le condenaban sus verdugos—, lanzaba gritos espantosos, pero no producían ningún efecto en Sandokán ni en Tremal-Naik.

—Ahora, la olla —dijo el Tigre de Malasia, cuando el faquir quedó enterrado.


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