A la conquista de un imperio

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Uno de los dos malayos corrió a la pagoda y regresó trayendo una especie de cubeta de metal, llena de agua transparente y la puso ante Tantia, a unos pasos de distancia.

—Cuando tengas sed ya la cogerás —dijo entonces Sandokán.

Al ver el agua, el gussain revolvió los ojos y sus labios se fruncieron.

A cincuenta pasos de la escalinata se alzaba un espléndido laurel bajo el cual los malayos habían extendido unas alfombras y colocado algunos almohadones.

Sandokán y Tremal-Naik, seguidos por Kammamuri, se dirigieron hacia el árbol y se tendieron bajo su densa sombra, encendiendo sus pipas. El gussain no dejaba de chillar como un condenado, pidiendo agua.

La pimienta empezaba a hacer efecto, atenazándole las entrañas.

—Ahora el otro —dijo el Tigre de Malasia—. Kammamuri, ve a buscar al demjadar.

—¿Formaremos el tribunal bajo este árbol? —bromeó Tremal-Naik.

—Estamos más seguros aquí que en la pagoda.

—¡No lo sé, amigo! Tú olvidas que estamos en medio de la jungla.

—Mientras mis hombres batan los bambúes, no tenemos nada que temer.

—¿Vamos a dictar otra sentencia?


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