A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Todo depende de la buena o mala voluntad del prisionero.
En aquel momento volvÃa Kammamuri con el capitán de los sikhs.
Era este un hermoso ejemplar de indio montañés, de excepcional robustez, con una larga barba muy negra —que daba realce a su piel apenas bronceada— y dos ojos llenos de fuego.
Le habÃan desatado las manos y saludó militarmente a Sandokán y Tremal-Naik, llevándose la diestra al inmenso turbante blanco, con el casquete rojo bordado en oro, que le cubrÃa la cabeza.
—Siéntate, amigo —le dijo el Tigre de Malasia—. Tú eres un guerrero y no un gussain.
El demjadar, que conservaba una calma digna de un verdadero soldado, obedeció sin pestañear.
—Quiero que me digas si has tomado parte en el secuestro de una princesa india junto con el faquir.
—Yo nunca he tenido ninguna relación con ese hombre —contestó el sikh, casi con desprecio—. Yo soy musulmán, como todos mis compatriotas, y no me ocupo de los santones.
—Entonces, no sabes nada del secuestro.
—Es la primera vez que oigo hablar de eso. Además, yo no me ocuparÃa de una cosa asÃ. Afrontar a los enemigos, ¡sea!; luchar con mujeres que no pueden defenderse, ¡jamás! Los sikhs de la montaña son guerreros.