A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Sandokán, tras unos minutos de paseo, apretando los puños sin cesar y frunciendo de vez en cuando la frente, volvió precipitadamente junto al faquir.
—¿No tienes nada que añadir a lo que has dicho?
—No, sahib.
—Te advierto que permanecerás en nuestro poder hasta nuestro regreso, y que si has mentido te haré arrancar la piel.
—Te esperaré tranquilo —contestó el faquir.
—En lugar de doscientas rupias, has ganado cuatrocientas, que te darán en seguida.
—Soy tuyo en alma y cuerpo.
—Veremos —contestó Sandokán.
Se volvió hacia los malayos, diciéndoles:
—Sacad a este hombre del hoyo y dadle de comer y de beber todo lo que quiera. Pero vigiladle atentamente. Y ahora, mi querido Tremal-Naik —añadió dirigiéndose a este—, preparémonos a partir. Surama será liberada, si no sobrevienen más incidentes.
—¿A quién llevaremos con nosotros?
—A Bindar, Kammamuri y seis hombres; los demás se quedarán vigilando a los prisioneros.
—¿Seremos bastantes para dar el golpe?
—En caso de necesidad, llamaremos en nuestra ayuda a los seis malayos de Yáñez. No perdamos tiempo y partamos.