A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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Después de recomendar a Sambigliong que mantuviera un pequeño puesto de guardia en las orillas del pantano, Sandokán y sus compañeros abandonaron la pagoda para dirigirse al Brahmaputra.

Era casi mediodía, por lo que no debían correr ningún peligro durante la travesía de la jungla, ya que ordinariamente las fieras permanecen tendidas en sus guaridas durante las horas más cálidas del día, a menos que estén muy hambrientas.

En efecto, hicieron el trayecto sin ver ningún animal peligroso. Sólo alguna pareja de bighama —es decir perros salvajes— les siguió un rato, aullando sin atreverse a atacarles.

Llegados a la orilla del pantano, encontraron la bangle en el mismo sitio en que la habían dejado, señal evidente de que nadie se había acercado por allí.

Los guardias del rajá, no pudiendo seguir las huellas de los fugitivos a partir del río, debían de haber abandonado la persecución.

—Bindar —dijo Sandokán, subiendo a bordo de la barcaza—, gobierna de forma que lleguemos a la ciudad entrada la noche. No quiero que nos vean entrar en el palacio de Surama, que nos servirá de cuartel general.

Embarcaron, levaron el ancla, retiraron la amarra y embocaron el canal que debía conducirles al Brahmaputra remando lentamente porque no tenían mucha prisa.


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