A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Reinaba una profunda calma en el pantano y sus orillas. Sólo de vez en cuando algún ave acuática se alzaba pesadamente, describiendo curvas en torno a la bangle, luego se dejaba caer entre los grupos de cañas.
En medio de las plantas de loto, medio hundidos en el fango, dormitaban grandes cocodrilos, que no se dignaban moverse ni cuando la barca pasaba junto a ellos.
Hacia las seis de la tarde, Sandokán y sus compañeros llegaban al Brahmaputra.
Dos poluar, especie de embarcaciones indias —las más adecuadas para la navegación interna, porque son de construcción ligera, con la proa y la popa a igual altura, y provistas de dos pequeños palos que sostienen dos vela; cuadradas—, navegaban a poca distancia una de otra, rozando casi la orilla opuesta, donde la corriente era más fuerte.
—¿Serán barcas de reconocimiento? —se preguntó Sandokán, que las habÃa observado en seguida.
—No veo ningún sikh a bordo —dijo Tremal-Naik—. Tienen el aspecto de simples navÃos mercantes.
—Veo una espingarda en la proa de uno de ellos.
—Tal vez van armados porque los cursos de agua que atraviesan estas regiones no siempre son seguros.
—No obstante, los vigilaremos —murmuró Sandokán.
—Podemos comprobar en seguida si son simples traficantes o exploradores.