A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Por tu buena idea.
—¿Dónde desembarcaremos?
—En el centro de la ciudad. Esta noche quiero dormir en el palacio de Surama. Tal vez allà encontremos noticias de Yáñez. Kabung no habrá dejado de hacer una visita a los criados.
—Es lo que pensaba yo también. Aquel malayo es muy inteligente.
—Un pÃcaro —dijo Sandokán—. Si no lo fuera, no serÃa malayo.
—¡Bueno! Evitados los navÃos de vigilancia todo irá bien. Mañana empezaremos a buscar a Surama, y prepararemos una buena jugada al griego y a sus hombres. ¿Supones que tiene un chitmudgar en su palacio?
—Seguro, Sandokán —contestó Tremal-Naik—. Un indio que se respete ha de tener por lo menos una veintena de criados y un mayordomo.
—Que se deje pescar por mÃ, y habremos dado el golpe. No se trata más que de saber qué lugares frecuenta.
—¿Para qué?
—Déjame hacer; tengo una idea. ¡Eh, Bindar!, ¿podemos anclar?
—SÃ, sahib.
—Pues acércate a la orilla.