A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Con unos pocos golpes de remo, la bangle atravesó el rÃo y fue a anclar ante un antiguo bastión que defendÃa la ciudad por el lado de occidente.
—A tierra —ordenó Sandokán, tras asegurarse de que detrás de la fortificación no habÃa nadie—. Que dos hombres queden de guardia en la bangle.
Cogieron sus armas y descendieron a la orilla, que estaba cubierta de tupidos grupos de nagatampos —árboles durÃsimos que dan unas bellas y perfumadas flores con las cuales se engalanan las jóvenes indias.
—Seguidme —dijo Sandokán—. Si no hay espÃas por los alrededores, llegaremos al palacio de Surama sin que nos vean.
—¿Qué temes ahora? —preguntó Tremal-Naik.
—Ese griego es capaz de haber tendido emboscadas, amigo mÃo. En marcha, y si hay que pegar, emplead sólo las cimitarras. Nada de disparos.
—De acuerdo, capitán —dijeron los malayos.
—¡Venid!
Empezaron a costear el rÃo, cubierto de enormes tamarindos, que con su sombra hacÃan más profunda la oscuridad; luego, llegados al barrio oriental, se metieron por las callejuelas interiores, dirigiéndose al centro de la ciudad.