A la conquista de un imperio

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Era ya muy tarde, y había poquísimas personas por la calle, y aun esas se apresuraban a alejarse, confundiendo probablemente a Sandokán y sus compañeros con soldados del rajá en busca de algún malhechor.

Sería cerca de medianoche cuando el grupo desembocó en la plaza en que se alzaba el palacio que Yáñez había comprado para su bella prometida.

Sandokán se detuvo, lanzando una rápida mirada a izquierda y derecha.

—Veo dos indios parados delante del edificio —dijo a Tremal-Naik.

—Yo también —contestó el bengalí.

—¿Serán espías de ese maldito griego?

—Puede. Le interesará vigilar esta casa.

—Tratemos de cogerlos en medio. Nos haremos pasar por guardias del rajá que hacen una ronda nocturna.

Pero los dos indios, al darse cuenta de la presencia del grupito, se alejaron rápidamente, a pesar de que Tremal-Naik gritó en seguida:

—¡Alto! ¡Servicio del rajá!

—Deben de ser dos bribones —dijo Sandokán, cuando les vio desaparecer por una callejuela tenebrosa—. Dejémosles marchar.

Luego, dirigiéndose a Kammamuri, prosiguió:


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