A la conquista de un imperio

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—Tú quédate de guardia con los malayos. Nuestra expedición nocturna no ha terminado todavía, y antes de que salga el sol quiero conocer la residencia privada de ese perro griego.

Subió la escalinata, seguido por Tremal-Naik y Bindar y golpeó sin hacer mucho ruido la placa de metal que colgaba del quicio de la puerta.

El guardián nocturno que velaba en el corredor acudió prontamente, y reconociendo en aquellos hombres a los amigos de su dueña, hizo una profunda inclinación.

—Llévanos en seguida ante el mayordomo —dijo Sandokán—. Pronto, tengo prisa.

—Entra en el salón, sahib. En medio minuto vuelvo.

Sandokán y sus dos compañeros abrieron la puerta y entraron en una elegantísima habitación, aún iluminada.

Apenas se habían sentado ante una espléndida mesita de ébano de Ceilán, fileteada en oro, cuando el mayordomo del palacio, apenas cubierto por un dootèe de tela amarilla, se precipitó en el salón, exclamando con voz sollozante.

—¡Ah, señor! ¡Qué desgracia!

—La conocemos —interrumpió Sandokán—. Es inútil que pierdas el tiempo en contárnosla. ¿El sahib blanco de tu señora se ha dejado ver?

—No.


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