A la conquista de un imperio

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—¿No ha enviado a nadie?

—A aquel hombre de rostro oliváceo, con una carta para la señora.

—Dámela en seguida. Los minutos son preciosos ahora.

El mayordomo se aproximó a un cofrecillo lacado, con incrustaciones de madreperla, y cogió un plieguecillo, tendiéndolo al pirata.

Este rompió los sellos, y leyó rápidamente el escrito.

—Yáñez no sabe nada aún —dijo a Tremal-Naik—. Kabung ha guardado bien el secreto.

—¿Qué más?

—Dice a Surama que no se inquiete por él, y que la herida del favorito cura con rapidez. Todos los bribones tienen la piel a prueba de acero y de plomo.

—¿Nada más?

—Le encarga que nos diga que por el momento no corre ningún peligro, y que se ha ganado la estimación y la confianza del rajá. Bien: como se encuentra perfectamente en la corte y no sabe que han secuestrado a su prometida, más vale que le dejemos tranquilo y actuemos nosotros solos.

Se volvió al mayordomo, que estaba erguido ante él, esperando órdenes, y le dijo:

—¿Ha ocurrido algo, después del secuestro de tu ama?


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