A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —No, sahib. Pero he observado que algunas personas rondan en torno al palacio hasta muy entrada la noche.
—¡Ah! —exclamó Sandokán—. Vigilan por aquÃ; estaba seguro de ello. ¿Has hecho averiguaciones?
—SÃ, sahib; pero siempre infructuosas.
—¿Has avisado a la policÃa?
—No me he atrevido, temiendo que el ama haya sido secuestrada por orden del rajá.
—Has hecho muy bien. Ahora, Tremal-Naik y Bindar, volvamos a emprender la caza.
—¿Y yo qué he de hacer, señor? —preguntó el mayordomo.
—Absolutamente nada hasta nuestro regreso. Los hombres que el sahib blanco dejó de guardia a Surama, ¿siguen aqu�
—SÃ.
—Les avisarás que estén preparados; puedo necesitarles para reforzar mi escolta. Mañana, entrada la noche, estaremos aquÃ. Adiós.
Salió de la sala y se reunió con sus hombres, que estaban sentados en la escalinata.
—Dejad las carabinas —les dijo—. Conservad sólo las pistolas y las cimitarras. ¡Y ahora, a la caza!