A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio De temperamento tranquilo, igual que su íntimo amigo Yáñez, Sandokán estaba entonces nerviosísimo. Su sangre ardiente de borneano le hervía en las venas, a pesar de que ya no era un muchacho.
Habituado a los ataques impetuosos, envejecido entre las cimitarras y el humo de las espingardas y los cañones de sus praos, el formidable pirata estaba desconcertado por no haber tenido ocasión de luchar. Caminaba aprisa, atormentando la empuñadura de su cimitarra, y refunfuñando. Tampoco Tremal-Naik parecía completamente tranquilo.
El temor de no poder liberar en seguida a Surama, o de no encontrarla en el palacio del favorito del rajá, debía de trastornar un tanto su extraordinario temple. Sin embargo, eran hombres que habían llevado a buen puerto otras empresas aún más difíciles, tanto en la India como en los mares de Malasia.
Eran las dos de la mañana cuando llegaron a la plaza de Bogra, en uno de cuyos extremos se alzaba el palacio del favorito del rajá, una especie de bungalow de elegantísima construcción, con techo piramidal, que se elevaba mucho, y bellísimas galerías alrededor, sostenidas por columnitas de madera pintadas con brillantes colores y dorados.
