A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio En las construcciones que se extendÃan a los costados bastante más bajas que el edificio central y defendidas por una alta empalizada, se oÃa el ronquido de los elefantes y el gruñido de los perros.
—Estos animales me preocupan —dijo Sandokán, después de dar una vuelta—. Tendré que ocuparme de los perros. ¡Bindar!
—¡Señor!
—¿Hay alguna posada en los alrededores?
—SÃ, sahib.
—¿Estará abierta?
—Dentro de poco amanecerá, por tanto es posible que la servidumbre esté ya levantada.
—Llévanos allÃ; a menos que se trate de un lugar demasiado lujoso.
—Es un bungalow de los llamados de paso, sahib.
—Mejor asÃ; nos alojaremos en él. Asà podremos vigilar la casa del favorito del rajá y observar lo que ocurra.
Atravesaron la plaza sin encontrar a nadie, y tras dar la vuelta a una de las esquinas, se detuvieron ante lo que Bindar habÃa llamado un bungalow de paso.