A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Una mezcla de opio.
Sandokán frunció la frente.
—¿Estás segura, Surama, de que no ha sido un sueño?
—No te lo sabrÃa decir con certeza —contestó la hermosa assamesa—. Pero aquel temblor no me pareció natural.
—Ese es el peligro. Vosotros los indios poseéis drogas misteriosas que exaltan y obligan a hablar. Tremal-Naik me habló una vez de cierta youma…
—No deben de haber utilizado esa planta porque produce una fiebre altÃsima, que dura varias horas. No; si es cierto que me dieron una bebida, debe tratarse de otra cosa.
—Piensa bien, muchacha; porque, si has hablado, puedes habernos comprometido, no sólo a ti misma y a mÃ, sino también a Yáñez.
—¿Y si, como te he dicho, hubiera sido un sueño?
—Si hubiera sido un sueño, no te habrÃa quedado esa pesadez de cabeza.
—Es cierto.
—¡Si pudiéramos saber lo que has dicho! —murmuró Sandokán—. Tal vez Tremal-Naik puede encontrar el medio; él conoce muchos narcóticos.
—Estoy dispuesta a beber todo lo que quieras, Sandokán.