A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Vamos a la bangle —dijo Sandokán—. Espero encontrarla en el mismo sitio en que la dejarnos.
—Démonos prisa —añadió Tremal-Naik—. No estaremos seguros del todo hasta que nos hallemos en la pagoda de Benar.
—Si es que allà lo estamos.
—¿Tú lo dudas?
—¡Quién sabe! El griego no carecerá de espÃas, y tú sabes mejor que yo lo astutos e inteligentes que son tus compatriotas en estos cometidos.
—Eso es cierto —admitió el bengalÃ.
—Por eso haremos bien en no descuidar nuestra retaguardia. A la bangle, amigos; marchémonos antes de que salga el sol.
Se internaron entre los árboles, siguiendo la orilla habitada únicamente por marabúes, erguidos e inmóviles sobre sus patas, esperando que aumentara la luz para ir a limpiar las calles de la ciudad, porque esas aves voraces son los únicos barrenderos de los barrios hindúes; barrenderos económicos, pero no por eso menos útiles que los humanos, porque lo devoran todo: huesos, vegetales podridos, restos de cualquier tipo que despreciarÃan hasta los perros más hambrientos.
Las estrellas empezaban a palidecer cuando el grupo llegó al sitio en que habÃan dejado la bangle.
—¿Nada nuevo? —preguntó Sandokán a los dos malayos, que habÃan quedado de vigilancia.