A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Siempre tendrás bastantes —contestó frÃamente Sandokán—. Si yo hubiese dejado escapar a todos mis enemigos, no me habrÃa convertido en el Tigre de Malasia, ni hubiera podido permanecer tantos años en Mompracem. Por otra parte, no puedo coger muchos prisioneros; ya tengo dos en la jungla, y uno de ellos podrÃa ocasionarme graves trastornos.
—¿Quién?
—El faquir que te secuestró, mi querida Surama. Si consiguiera escapar, no tendrÃamos más recurso que refugiarnos en Borneo, y entonces se habrÃa perdido tu corona ¡Corren tras nosotros! Ahora veremos, señores: aún tenemos pólvora y balas.
El mur-punky, tripulado por ocho remeros y un timonel, se deslizaba rápidamente tras la estela de la bangle. Era dudoso que se tratara de simples remeros, porque, aunque sólo empezaba a clarear, la vista aguda de Sandokán descubrió la punta de varios fusiles, apoyados en las dos bordas.
Es cierto que podÃan ser cazadores en busca de patos y ocas, aves que abundan siempre en las orillas de los grandes rÃos de la India, especialmente en los que bañan las tierras orientales de la inmensa penÃnsula.