A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Un doble grito de estupor escapó de los labios del pirata y del bengalÃ:
—¡El poluar!
Se miraron el uno al otro, interrogándose con la mirada.
—¿Será realmente el que nos siguió cuando bajábamos el rÃo? —preguntó finalmente Tremal-Naik.
—Cuando he visto un barco una sola vez, no lo olvido nunca —contestó Sandokán—. Ese es el poluar que nos persiguió.
—Y que se prepara a hacerlo de nuevo —añadió Kammamuri, quien habÃa dejado el timón a un malayo—. Están desplegando velas.
—No podemos permitir que descubran nuestro refugio —dijo Sandokán, que se habÃa puesto pensativo.
—¿Quieres atacarlo? —preguntó Surama—. Su tripulación es mucho más numerosa que la tuya.
—Tengo una idea —dijo Sandokán, tras unos instantes de silencio—. ¿SerÃas capaz de fabricarme una bomba, Kammamuri? Bastará un bote de lata, uno de los de las conservas. Aquà debemos de tener algunos.
—He hecho embarcar una docena llenos de bizcocho antes de abandonar la selva.
—Será suficiente con uno: un kilo de pólvora puede producir bastantes destrozos. Pero ata fuerte el bote, con alambre, si tienes, y ponle una buena mecha, que no tenga más de cinco centÃmetros de largo.