A la conquista de un imperio

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De quererlo, hubiera podido pasar fácilmente la pesada barca de Sandokán, porque es un tipo de barco rapidísimo, incluso con viento escaso. Pero se veía que su tripulación no deseaba hacer mucho camino, porque de vez en cuando bajaba ora una, ora otra vela, para disminuir la marcha.

El sol se había alzado sobre las inmensas selvas de levante, y Sandokán y Tremal-Naik podían distinguir fácilmente a las personas que tripulaban el poluar.

Sólo eran diez o doce y parecían bateleros, porque vestían un simple dootèe anudado en torno a los costados, para poder subir más fácilmente a la arboladura; pero tal vez había otros escondidos en la bodega.

Una cosa llamó en seguida la atención del pirata y del bengalí: se trataba de un enorme tambor, uno de los que los indios llaman hauk, del que suelen servirse en las fiestas religiosas, por completo adornado de pinturas y dorados y rematado con penachos de plumas variopintas; dicho tambor estaba colocado entre los dos palos, casi en medio de la cubierta.

—Ese no es un instrumento de guerra —dijo Sandokán, a quien no escapaba nada—, ni hasta ahora he visto tambores de este tipo en los veleros indios.

—Tampoco yo —contestó Tremal-Naik—. Lo han colocado ahí por algún motivo y creo adivinarlo.

—¿Qué quieres decir?


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