A la conquista de un imperio

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—Que si se golpean vigorosamente, el sonido de esos instrumentos puede oírse a distancias increíbles.

—¿Así que serviría…?

—Para trasmitir señales.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo Sandokán—. Se prepara algo contra nosotros. Ya son muchos los detalles que hemos observado.

—¡Bah!, esperemos a la noche, y también el tambor irá a hacer compañía a los peces del Brahmaputra. Como Sandokán no quería alejarse mucho del canal que conducía a la laguna, la bangle continuaba su marcha, sin apresurarse demasiado, siendo obstinadamente seguida por el poluar, que se esforzaba en mantener siempre la misma distancia, aunque la brisa matutina se había hecho más fuerte.

El río, que se deslizaba soberbio, en suave descenso, tendía a ensancharse, entre dos magníficas orillas cubiertas de palas, de palmas tara, de espléndidos mangos y de nim de enorme tronco y follaje oscuro y tupido.

De vez en cuando, aparecía algún arrozal —encerrado entre caballones de varios pies de altura, destinados a contener las aguas— cubierto de largos tallos de un hermoso verde, productores de una variedad de grano muy grande; pero muy pronto, la selva se imponía de nuevo, entre un caos de lianas que formaban bellísimas pérgolas.


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