A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —No —contestó el bengalÃ, que parecÃa preocupado—: Si no encontramos el medio de desembarazarnos de esa embarcación, no nos dejarán en paz. Sin duda han recibido orden de espiarnos.
—Esperemos a esta noche.
Hicieron avisar a Surama y comieron en cubierta, tras tomar la precaución de hacer extender una vela sobre sus cabezas, para preservarse de una posible insolación.
Hacia las cuatro de la tarde. Sandokán dio orden de partida.
Apenas empezó a moverse la bangle, el poluar desplegó una de sus dos velas, tomando la misma ruta.
—¿No queréis dejarnos, eh? —dijo el pirata—. La bomba está dispuesta y ella se ocupará de detener vuestra carrera.
Las dos embarcaciones siguieron navegando en conserva, la una a remo y la otra a vela, manteniendo la misma distancia, que variaba entre los trescientos y los quinientos metros.
La región que atravesaban estaba desierta.
No se distinguÃan ni arrozales, ni cabañas ni tampoco otras barcas. La jungla, evitada por todos los habitantes del paÃs —que no deseaban recibir la poco grata visita de tigres y panteras— no debÃa de estar lejos.