A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio En efecto, hacia el atardecer la bangle —que habÃa avanzado bastante a pesar de navegar lentamente—, pasó ante el canal que llevaba al pantano; pero Sandokán, viendo que el poluar seguÃa a sus espaldas, se guardó muy bien de dar orden de internarse en él.
Dejó que la embarcación remontara el rÃo otras dos millas; luego, cuando ya reinaban las tinieblas, hizo anclar nuevamente, cerca de la orilla izquierda.
Igual que habÃa hecho al mediodÃa, el poluar, prosiguió su marcha unos centenares más de metros y ancló, no en la orilla sino en medio del rÃo, para vigilar mejor a la bangle.
—Cenad —dijo Sandokán a Tremal-Naik y a Surama.
—¿Y tú? —preguntó el bengalÃ.
—Comeré después del baño.
—¿De qué baño?
—¿No le lo he dicho? Quiero desembarazarme de esos espÃas.
—¿Cómo?
—Tu útil Kammamuri me ha preparado una bomba verdaderamente espléndida. Cuando te conviertas en reina del Assam, tendrás que nombrarle general de granaderos, Surama.
—Haré cuanto deseen mis protectores —contestó la joven con amable sonrisa.