A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Ah! —exclamó Yáñez, tratando de sonreÃr—. ¿Quien ha sido el imbécil que ha dicho que se trata de una princesa?
—No es preciso que te lo diga, milord. ¿Tú la conoces?
—Hace mucho tiempo.
—¿Quién es?
—Una india hermosÃsima, que descubrà en el Mysore, y que me acompaña siempre en mis viajes, porque ella me ama y yo la amo también. ¿Satisfecho, alteza?
—No —contestó secamente el prÃncipe.
—¿Qué más desea saber?
—El motivo que te ha impulsado a venir a mi reino.
—Ya se lo dije: la pasión por la caza mayor.
—En ese caso, no se llevan tantos hombres.
—Sólo tengo seis.
—¿Y los que ocupaban el templo subterráneo, que se me han escapado de entre las manos?
A pesar de su extraordinario valor, Yáñez titubeó.
—¿Cuáles? —preguntó tras un breve silencio—. No sé de qué hombres me habla.
—¿Tú no les conoces?
—No sé quiénes son, ni por qué motivo se han refugiado en esa pagoda.