A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Es extraño que tu mujer no te haya hablado de ellos.
—¿Quién? —preguntó Yáñez con Ãmpetu.
—Esa que llaman la princesa.
—¡Que la muchacha conoce a esos hombres! ¿Quién le ha contado eso, alteza? ¡Es una infamia!
—Lo ha confesado ella misma. Yáñez se llevó las manos a la faja, en la que escondÃa sus pistolas, y miró ferozmente al prÃncipe. Una cólera inmensa le invadÃa por momentos. HabÃa comprendido perfectamente, y sentÃa que la tierra se hundÃa bajo sus pies.
—¡Alteza! —dijo con voz amenazadora—, ¿qué han hecho con la muchacha?
—Está en nuestro poder.
—¡Miserables! —tronó Yáñez con acento terrible—. ¿Cómo os habéis atrevido…?
El rajá que con la excitación de los licores que habÃa bebido poco antes, tenÃa un ánimo insólito, contestó prontamente:
—¿Desde cuando un prÃncipe absoluto ha de pedir permisos a los extranjeros, milord?
—Os he prestado valiosos servicios.
—Y yo te he pagado.
—A un hombre como yo no se le compra con diez mil ni con veinte mil rupias. ¿Me comprende, alteza?
Se arrancó de los dedos los dos anillos y los echó al suelo con desprecio, diciendo: