A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Mire lo que hago yo con sus regalos. Que los recojan sus siervos.
El rajá, un tanto espantado por aquel estallido de ira y aquella acción, permaneció silencioso, limitándose a fruncir el ceño.
—Alteza —prosiguió Yáñez, con rabia concentrada— ha obrado usted no como un prÃncipe sino como un malandrÃn. Recuerde, no obstante, que soy súbdito inglés, y lord además, que mi mujer está bajo la protección del gobierno inglés, y que en las fronteras de Bengala hay tropas suficientes para invadir este estado y conquistarlo.
—Me has ofendido, milord —dijo el rajá con cólera.
—No me importa. Devuélvame a la muchacha o yo…
—¿Qué te atreverÃas a hacer?
—Olvidaré que me encuentro ante un prÃncipe.
—Y yo te responderé invitándote a deponer las armas.
—¡A mÃ! —gritó Yáñez, dando un salto atrás.
—A ti; debes de llevar alguna bajo la faja.
—Cuando un inglés está en paÃses aún bárbaros, no deja nunca sus pistolas.
—Entonces, me veré obligado a hacértelas quitar por la fuerza.