A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Yáñez cruzó los brazos sobre el pecho, y, mirándole fijamente, dijo en tono de desafÃo:
—Prueba, y verás lo que sucede aquÃ.
El rajá, visiblemente asustado por la audacia del portugués, permanecÃa silencioso, dirigiendo los ojos a uno u otro de sus guardias, como para pedirles protección.
Su ministro, que temblaba como presa de fiebre, se batÃa en una prudente retirada hacia una de las puertas de la sala de los Elefantes.
—¿Y pues? —preguntó Yáñez, viendo que el rajá no se decidÃa a reanudar la conversación.
—Milord —dijo por fin el prÃncipe, recuperando un poco de valor—, ¿olvidas que tengo aquà más de doscientos sikhs, dispuestos a dar su sangre por mÃ?
—Échamelos encima: les espero.
—Entonces, depón las armas.
—¡Nunca!
—¡Acabemos! —gritó el rajá exasperado—. Oficiales, desarmad a este hombre.
—¡Ah! ¿Es asà como tratas a tu gran cazador? —gritó Yáñez.
En tres saltos atravesó la habitación y se precipitó en la sala, gritando:
—¡A mÃ, malayos!