A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Había sacado sus pistolas, apuntándolas hacia la puerta, dispuesto a fulminar a los dos oficiales, si le seguían.
Al oír la voz de su jefe, y viendo que se precipitaba entre las bailarinas empuñando las armas, los malayos saltaron hacia él como tigres, apuntando sus carabinas hacia la muchedumbre.
Un grito de terror resonó en la inmensa sala.
—¡Fuera todos! —rugió Yáñez—, si no queréis que ordene disparar.
Bailarinas, músicos y espectadores, que estaban desarmados y sabían ya cuánta era la audacia del gran cazador, se precipitaron confusamente hacia la puerta que daba al patio, empujándose y tratando de llegar lo antes posible al aire libre. Rugían presa de un terrible espanto, creyendo de buena fe que la escolta del gran cazador se preparaba a disparar contra ellos.
Yáñez aprovechó la confusión para cerrar las dos puertecillas de bronce macizo, que daban a las habitaciones vecinas, atrancándolas para impedir que los sikhs irrumpieran en la sala.
—Ahora —dijo—, preparémonos a vender cara la vida, amigos. Sabed que todo ha sido descubierto, que han secuestrado a Surama y que no se sabe nada de Sandokán.