A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio No nos queda más que morir, pero nosotros, viejos tigres de Mompracem, no tememos la muerte. ¿Tenéis muchas municiones?
—Cuatrocientas balas —contestó Burni.
—¡Lástima que Kabung no haya regresado a tiempo!
TendrÃamos una carabina más. ¿Por qué no habrá vuelto?
—¿No le habrán asesinado, capitán? —dijo uno de los cinco malayos.
—Puede ser —contestó Yáñez—. Le vengaremos también a él. De momento, Burni, tú ocuparás el puesto de Kabung.
—De acuerdo, capitán.
En aquel instante, se oyó un sonoro golpe —que parecÃa producido por una maza de metal— en una de las puertas que comunicaban con las habitaciones, seguido por una voz imperiosa, que gritaba:
—¡Abrid! ¡Orden del rajá!
Yáñez, que se dirigÃa hacia la gran puerta de bronce creyendo que el ataque más intenso llegarÃa por aquella parte, volvió atrás, gritando a su vez:
—¡Ve a decir a su alteza que su gran cazador no desea recibir órdenes por el momento!
—Si no obedeces, haré derribar las puertas.