A la conquista de un imperio

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No obstante, su primer cuidado fue entrar en la tienda de un ropavejero y cambiar sus ropas, demasiado vistosas, por otras musulmanas; luego, después de almorzar en un modestísimo albergue, continuó la marcha, internándose en las tortuosas callejuelas de la ciudad baja.

Salvo en los grandes centros, en los alrededores de los palacios reales y de las pagodas, las ciudades indias no tienen calles anchas.

La limpieza es una palabra poco conocida, de forma que las callejuelas, carentes de aire, siempre polvorientas por la escasez de lluvias, parecen verdaderas cloacas.

Un hedor nauseabundo se alza de tales laberintos, debido también en parte a que de vez en cuando se encuentran grandes fosos, donde se echan las inmundicias de las casas, el estiércol de las cuadras y los restos de los animales muertos. Mal iría si no existieran los marabúes, infatigables devoradores, que de la mañana a la noche hurgan entre aquellos estercoleros, embuchándose hasta casi reventar.

Hacia las tres de la tarde, y después de equivocar varias veces el camino, debido a su imperfecto conocimiento de la ciudad, Kabung consiguió descubrir, finalmente, la casita roja del chitmudgar.


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