A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Era una construcción minúscula de dos pisos, que parecÃa más una torre cuadrada que una verdadera casa. Se elevaba en medio de un jardincillo en el que crecÃan siete u ocho majestuosas palmas, que esparcÃan en torno una sombra deliciosa.
—Es un verdadero nido —murmuró Kabung—. Esperemos que el propietario ya haya llegado.
Empujó la verja de madera, que no estaba cerrada y se internó bajo las plantas.
El mayordomo estaba sentado delante de su casita, junto a una hermosa y joven india de piel aterciopelada, apenas un poco bronceada, con largos cabellos negros adornados con ramilletes de flores.
—Te esperaba, sahib —dijo el hindú, dirigiéndose solÃcitamente al encuentro del malayo—. Hace dos horas que he llegado. Esta es mi mujer, una buena muchacha que estará muy contenta de hospedarte, si, como creo, tienes intención de quedarte aquÃ. Por lo menos estarás seguro; especialmente ahora que has cambiado de aspecto.
—Es un ofrecimiento que acepto de buena gana, porque he citado aquà a los amigos de mi amo.
—Serán siempre bien recibidos, por mi mujer y por mÃ.
—¿Has conseguido noticias del capitán?