A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Abrían la marcha Tremal-Naik y el Tigre de Malasia con seis hombres escogidos entre los mejores tiradores, mientras Kammamuri y Sambigliong con otros cuatro, también escogidos, la cerraban para cubrir la retaguardia de la columna.
Caían rápidamente las tinieblas, y poco a poco se apagaban los gritos de las numerosas aves, acomodadas en las cimas de los altísimos bambúes, mientras en lontananza empezaban a oírse los lúgubres aullidos de los perros salvajes.
A medida que la pequeña columna se alejaba de la pagoda, el camino se hacía más difícil, porque en aquella dirección no existían senderos. Gigantescos grupos de bambúes obstruían de vez en cuando el paso, obligando a los hombres de vanguardia a trabajar con las cimitarras para practicar una abertura. Por suerte, encontraban algunos claros bastante grandes; pero también por ellos los fugitivos se veían obligados a avanzar con infinitas precauciones, porque el suelo estaba erizado de unas hierbas, cortantes y rígidas como sables, llamadas kalam, de puntas tan agudas que agujerean las suelas de los zapatos.