A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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Como consecuencia de todos aquellos obstáculos, la marcha se hacía lentísima, cuando Sandokán hubiera deseado que fuera veloz, temiendo, no sin razón, que las tropas desembarcadas en el pantano de los cocodrilos querrían también aprovechar las tinieblas para atravesar la jungla, con la esperanza de sorprender dormidos a los habitantes de la pagoda.

Pasada una hora, la columna había recorrido apenas dos millas, y el límite oriental de la jungla estaba aún muy lejos.

—Y, sin embargo, hay que llegar antes de que amanezca, si queremos pasar inadvertidos —dijo Sandokán a Tremal-Naik—. Los indios que han remontado el río pueden haber desembarcado ya y estar al acecho. Nuestra salvación reside en nuestra rapidez y en los elefantes, si Bindar consigue procurárnoslos. Con esos animales, dejaremos atrás a sikhs y assameses.

De vez en cuando algún animal, asustado por el ruido de las cimitarras y el caer de las gigantescas cañas, saltaba de entre los matorrales y huía precipitadamente. Pero no se trataba siempre de los nilgais o de los axis, los elegantes ciervos de las junglas indias, que escapaban ante la columna: alguna vez era una pantera que mostraba veleidades de resistencia, pero que, ante el centelleo de las cimitarras de la vanguardia, se decidía a batirse en retirada, aunque gruñendo con rabia.


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