A la conquista de un imperio

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Una detonación hacia oriente —más clara que antes—, decidió a Sandokán a levantar precipitadamente el campo. Una segunda contestó, unos minutos después, en dirección opuesta.

—Estrechan el cerco —dijo Sandokán a Tremal-Naik—. ¿Y si nos desviáramos hacia el Norte?

—¿Y el pueblo donde nos espera Bindar con los elefantes? —preguntó el bengalí.

—Iremos más tarde. Lo que ahora apremia es no dejarnos encerrar en un cerco de fuego.

—Probemos —concluyó en bengalí.

Rehicieron la columna y, tras recorrer el trozo de sendero abierto por la vanguardia, doblaron decididamente hacia el Norte.

La idea de Sandokán fue excelente, porque después de recorrer otros quinientos o seiscientos metros, la jungla empezó a aclararse, aun conservando tupidos matorrales.

La columna encontraba ahora más frecuentes espacios libres, donde sólo había hierba que no tenía la rigidez de los kalam y por donde podía avanzar con mayor rapidez, aunque aumentaba el peligro de los moradores.

Si ciervos y gamos escapaban, algún gigantesco búfalo o algún rinoceronte se precipitaban sobre la vanguardia y no volvían la espalda hasta después de recibir en su cuerpo media docena de balas de pistola.


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