A la conquista de un imperio

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A las dos de la mañana, Sandokán hizo un segundo alto. Estaba inquieto, y antes de volver hacia oriente —para no apartarse demasiado de la línea en que debía encontrar el pueblo—, quería tener por lo menos alguna noticia de las tropas indias, para decidir el camino a seguir.

Habiendo descubierto un baniano que por sí solo formaba un pequeño bosque, y cuya inmensa cúpula estaba sostenida por varios centenares de troncos, como el famoso ficus llamado cobir-bor por los indios, que es célebre en el Gujerat hizo esconder en medio de él a su columna y, llamando a dos hombres y a Tremal-Naik, salió de reconocimiento, tras recomendar a los acampados el más absoluto silencio.

—Volvamos sobre nuestros pasos —dijo al bengalí—. No debemos seguir a ciegas, sin saber si tenemos al enemigo a nuestros talones o si nos preparan alguna otra emboscada.

Habían echado a correr, siguiendo, el mismo camine recorrido antes, marcado por los bambúes abatidos y los kalam decapitados.

Un profundo silencio remaba en la jungla. No se oían ni rugidos de bighama, ni aullidos de chacales: era un detalle inquietante.


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