A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Si no hubiera habido extraños recorriendo la maleza aquellos eternos cazadores no hubieran estado callados El que guardaran silencio, significaba que tenÃan miedo.
Bastaron veinte minutos para que aquellos infatigables corredores llegaran al sendero abierto antes de cambiar de dirección.
No oyendo ningún ruido ni descubriendo enemigos, Sandokán se disponÃa a explorar brevemente aquella zona cuando Tremal-Naik, que estaba a su lado, le puso una mano sobre los hombros, empujándole casi con violencia sobre un grupo de banianos silvestres, que extendÃan en todas direcciones sus gigantescas hojas.
Apenas habÃan transcurrido dos minutos, cuando oyeron distintamente un agitarse y crujir de cañas; después, cuatro hombres armados de fusiles desembocaron en el pequeño calvero, que se abrÃa entre los gigantescos bambúes y el grupo de banianos.
No eran sikhs sino sikkari, es decir batidores de las junglas, personas muy hábiles, realmente incomparables, para seguir pistas, tanto de hombres como de fieras.
Se detuvieron en seguida, examinando atentamente el terreno y removiendo las hierbas que lo cubrÃan.
—Han cambiado de dirección, Moko —dijo uno de los sikkari—. Ya no marchan hacia oriente.