A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Eso veo —dijo el que se llamaba Moko—. Deben de haberse dado cuenta de que seguimos sus huellas y huyen hacia el Norte.
—Entonces escaparán al cerco.
—¿Por qué?
—Porque no tenemos tropas en esa dirección. Es mejor que uno de nosotros regrese junto a los sikhs que nos siguen, y los demás seguiremos sobre la pista.
Mientras uno partÃa corriendo, por el camino ya hecho, los otros tres siguieron su marcha, inclinándose de vez en cuando al suelo, para no perder de vista las huellas de la fugitiva columna.
Sandokán y Tremal-Naik esperaron a que se alejaran, luego se pusieron en camino a su vez, dando la vuelta al grupo de banianos por el lado opuesto.
—Debemos competir en velocidad y dejarles atrás —dijo el Tigre de Malasia.
—¿Y si en lugar de eso les tendiéramos una emboscada? —preguntó Tremal-Naik.
—Un disparo en este momento traicionarÃa nuestra presencia. Más tarde pensaremos en desembarazarnos de ellos. ¡Corramos, amigos!
Tremal-Naik, que habÃa pasado su juventud entre las grandes junglas de las Sunderbunds, poseÃa una orientación natural, cosa común a muchos pueblos del Oriente, por tanto tenÃa la seguridad de conducir a sus compañeros al sitio donde acampaba la columna.