A la conquista de un imperio

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Sin embargo, por miedo a encontrar de nuevo a los sikkari se desvió hacia poniente, describiendo un amplio rodeo.

Aquella rapidísima carrera, posible porque todos tenían las piernas fuertes, aunque el malayo y el indio ya no eran jóvenes, duró unos veinte minutos.

—Dispuestos a partir de inmediato —ordenó Sandokán a sus hombres, en cuanto llegaron al campamento.

—¿Nos siguen? —preguntó Surama.

—Han descubierto nuestras huellas —contestó Sandokán—. Pero no te inquietes, muchacha. Escaparemos del cerco, aunque tengamos que romper las líneas.

La columna se formó de nuevo, poniendo en el centro a los prisioneros, y partió a paso rápido. Sandokán había doblado los nombres de retaguardia, temiendo un ataque de los sikkari de un momento a otro. No obstante, recomendó a Kammamuri que era su jefe, que les rechazaran con arma blanca, para no señalar con disparos al grueso de los assameses la dirección que seguían.

La jungla seguía clareando y tendía a cambiar. A las inextricables malezas, tan difíciles de atravesar, sucedían de cuando en cuando, grupos de árboles, en general palma y taras, pero rodeadas de matas muy tupidas, de extraordinaria extensión, que constituían óptimos refugios en caso de peligro.


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