A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio La marcha se hacÃa cada vez más precipitada. Todos sentÃan por instinto que sólo de la velocidad de sus piernas dependÃa su salvación, y que jugaban una partida peligrosa en extremo, que podÃa representar incluso la corona de Surama. ¿Qué ocurrirÃa si las tropas del rajá les aplastaban en la jungla? ¿Quién salvarÃa, entonces, a Yáñez? La catástrofe serÃa completa, señalando además el fin de los últimos y formidables tigres de la gloriosa Mompracem.
A las tres de la mañana, Kammamuri, que habÃa estado todo el tiempo al mando de la retaguardia, y a notable distancia del resto del grupo, se reunió con Sandokán.
—Señor —dijo con voz jadeante por la larga carrera— los sikkari nos han alcanzado.
—¿Cuántos son?
—Seis o siete.
—Entonces, ¿ha aumentado su número?
—Eso parece, Tigre de Malasia. ¿Qué debo hacer?
—Tenderles una emboscada y acabar con ellos.
—¿Y si disparan?
—Haz lo posible por sorprenderles y matarles antes de que echen mano de sus carabinas.
Kammamuri partió de nuevo a toda velocidad, mientras la columna continuaba su retirada entre los matorrales y los árboles.