A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Transcurrieron otros diez minutos, tan largos como horas para Sandokán y Tremal-Naik; después unos gritos terribles y un chocar de armas rompieron el silencio que reinaba en la tenebrosa jungla; unos instantes después sonó un disparo.
—¡Maldición! —exclamó Sandokán, deteniéndose—. Este disparo nos traicionará.
A la detonación aislada habÃa seguido una fuerte descarga de carabinas. Los sikhs y les assameses debÃan haber hecho fuego.
—¡Aún están lejos! —exclamó Sandokán, cuyo rostro se serenó de nuevo.
—Por lo menos una milla —contestó Tremal-Naik.
—Esperemos a Kammamuri.
No esperaron, mucho. El maharato llegaba corriendo, seguido por el resto de la retaguardia.
—¿Eliminados? —preguntó Sandokán.
—Todos, jefe —contestó Kammamuri—. Por desgracia, no hemos podido impedir que uno de los sikkari descargara su carabina.
—¿Ha herido a alguno de los nuestros? —preguntó Tremal-Naik.
—He tenido tiempo de desviar el cañón del arma.