A la conquista de un imperio

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El tiroteo empezó intensísimo por ambas partes. Pero los indios, entre los que no había ningún sikh, disparaban como reclutas en las primeras pruebas de tiro al blanco, mientras los hombres de Sandokán —todos tiradores de primera— raras veces erraban el tiro.

Sandokán, que no quería exponer demasiado a sus hombres al fuego enemigo —por irregular y pésimo que fuera—, activaba el ataque, deseoso de llegar al arma blanca.

Se echó la carabina al hombro, empuñando su terrible cimitarra, arma que manejada por su terrible brazo no podía encontrar resistencia.

Corría delante de sus hombres, saltando como un autentico tigre, aullando como una fiera.

—¡Abajo, tigres de Mompracem!… ¡Al ataque!

Dayaks y malayos —que no eran menos ágiles que él—, cayeron sobre las tropas assamesas, empuñando las cimitarras, como una bandada de buitres hambrientos.

En pocos segundos rompieron las líneas y pusieron en fuga al enemigo a sablazo limpio. Una descarga de carabinas les acabó de decidir a abandonar el frente para refugiarse en la jungla.

—Toda esa gente no vale lo que un sikh —dijo Sandokán—. Si el rajá cuenta sólo con estos guerreros, está perdido.


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