A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Bindar estaba con ellos.
—¡Ah, sahib! —exclamó el excelente muchacho—. ¡Qué preocupado he estado por ti al ver el incendio que devoraba la jungla y oÃr tantos disparos! TemÃa que hubieras sido derrotado y todos tus guerreros aniquilados.
—Nosotros no somos como los indios —se limitó a contestar Sandokán—. ¿Hay más elefantes en el pueblo?
—Sólo dos.
—¿Bastarán estos para transportarnos a todos?
—SÃ, sahib.
Hizo subir a Surama al primer elefante y ordenó a sus hombres que ocuparan los demás y estuvieran preparados para saludar con una buena descarga a los atacantes, en caso de que se dejaran ver en el lÃmite del bosque.
También Bindar trepó, con la agilidad de un mono, al primer elefante que ocupaban, además de la futura reina, Sandokán, Tremal-Naik, Kammamuri y tres malayos que se habÃan acomodado detrás de la caja, sobre el enorme lomo del animal.
—Adelante, cornacas, apresurad el paso. Veinte rupias de regalo, si les hacéis galopar como caballos espoleados —gritó Sandokán.