A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Más adelante las cosas cambiarÃan sin duda ya que, por muy buenos corredores que fueran sus enemigos, no podrÃan resistir mucho tiempo la endiablada carrera de los elefantes; pero de momento podÃan esperar alguna mala pasada.
—¿Temes otra sorpresa, verdad? —le preguntó Tremal-Naik, sin dejar de observar atentamente los espesos grupos de bambúes junto a los que pasaban los elefantes, abriéndose paso a golpe de trompa, cuando se los encontraban delante.
—Siempre tengo mis dudas; además me parece imposible que esos hombres hayan interrumpido la persecución tan bruscamente. Han debido de vernos, y temo algún intento por su parte entre esta maleza.
En aquel momento con sorpresa de todos los paquidermos, que hasta entonces corrÃan cada vez más empezaron a caminar despacio.
—¡Eh, cornaca!, ¿qué le ocurre a tu elefante-guÃa? —preguntó Tremal-Naik, que se dio cuenta de inmediato—. ¿Olfatea la proximidad de un tigre, tal vez? Nosotros podemos matar aunque sea media docena.
—Pésimo terreno, señor —contestó el conductor, inclinando la cabeza.
—¿Qué quieres decir…?