A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Que las últimas lluvias han puesto el terreno demasiado fangoso, y las patas de nuestros animales se hunden hasta la rodilla. No me esperaba semejante sorpresa.
—¿No podemos desviarnos?
—Más allá, el terreno no será mejor. Hay arcilla bajo la hierba y las aguas tardan en filtrar.
Sandokán y Tremal-Naik se levantaron a mirar el terreno. Aparentemente parecÃa seco en la superficie, pero mirando las anchas huellas dejadas por los elefantes, se podÃa comprender fácilmente que debajo existÃa una reserva de agua, porque los huecos se habÃan llenado en seguida de un lÃquido fangoso, y muy pegajoso al parecer.
—Trata de hacer correr a tu elefante todo lo que puedas, cornaca —dijo Sandokán.
—Haré lo posible, señor.
Los cinco paquidermos no parecÃan muy contentos de haber encontrado aquel terreno, que contenÃa su impulso. Bramaban sordamente, agitaban la trompa y las grandes orejas y sacudÃan sus macizas cabezas, manifestando su malhumor.