A la conquista de un imperio

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Sin embargo, aunque algunas veces se hundían hasta la rodilla y encontraban algunas dificultades para sacar sus patazas de aquel fango pegajoso, hacían prodigiosos esfuerzos para no retrasar demasiado su carrera, como si hubieran comprendido que la salvación de los hombres que les montaban dependía de su velocidad.

Por desgracia, el terreno se hacía menos consistente a medida que avanzaban. El agua y el fango salpicaban por todas partes, manchando las rojas gualdrapas de los paquidermos.

Bajo los bambúes había mayor cantidad de líquido: allí los elefantes no podían saber dónde posaban las patas; avanzaban a paso casi de hombre y no cesaban de bramar, señalando así su presencia, cuando Sandokán hubiera deseado el más escrupuloso silencio.

Había transcurrido una media hora desde que dejaron el pueblo, cuando Bindar —que estaba tras el cornaca, con una mano apoyada en el borde de la caja y una carabina en la otra— dejó escapar una exclamación. Casi al mismo tiempo, el elefante se detuvo, alzando rápidamente la trompa y olfateando el aire.

—¿Qué ocurre. Bindar? —preguntó Sandokán, levantándose precipitadamente.

—He visto agitarse los bambúes —contestó el indio.

—¿Dónde?

—A nuestra izquierda.


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