A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¿Habrá algún tigre? Me parece que el elefante está inquieto.
—Un bâgh no asustarÃa a estos cinco colosos, marchando uno junto a otro. Habrá olfateado otra cosa.
—¡Quieto, cornaca!
—El elefante no sigue avanzando —contestó el conductor.
—¡Preparad las armas! —ordenó Sandokán, alzando la voz.
Malayos y dayaks se pusieron en pie como un solo hombre, preparando sus carabinas.
Los demás elefantes, que se habÃan apretado contra el primero, manifestaban también cierta inquietud.
Transcurrieron unos minutos sin que sucediese nada extraordinario. Los bambúes no volvieron a moverse, pero los paquidermos no se tranquilizaban por completo.
Impaciente por seguir el camino, Sandokán iba a ordenar al cornaca que reemprendiera la marcha, cuando resonaron unas cuantas detonaciones entre un gran grupo de bambúes que se extendÃa a unos doscientos metros de los paquidermos.
—¡Los assameses! —exclamó Sandokán—. ¡Fuego allà en medio!
Primero los malayos y después los dayaks, con un intervalo de pocos segundos, hicieron una descarga, mientras el elefante-guÃa lanzaba un espantoso bramido, cayendo sobre sus compañeros.