A la conquista de un imperio

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Alguna bala debía de haberle alcanzado, porque los demás se mantuvieron impasibles, como bravos animales habituados al fuego.

Los assameses no contestaron. A juzgar por la agitación de las cañas debían de batirse en una precipitada retirada, temiendo tal vez sufrir una carga furiosa por parte de los paquidermos.

—¡Qué quince hombres vayan a explorar esas cañas! —gritó Sandokán—. Si el enemigo se resiste, replegaos hacia nosotros, disparando.

Echaron las escalas y un grupo de dayaks y malayos, conducidos por el viejo Sambigliong, se lanzaron a través de la tierra pantanosa, saltando entre las cañas y la hierba, cuyas raíces prestaban cierta resistencia.

Sandokán y los demás vigilaban entre tanto la espesura desde lo alto de las cajas, dispuestos a ayudar a sus compañeros.

El elefante-guía seguía lanzando formidables bramidos y retrocediendo, a pesar de las palabras cariñosas que le decía su conductor.

—Seguro que ha recibido una bala en el cuerpo —dijo Tremal-Naik a Sandokán.

—Me molestaría que le hubiesen herido gravemente —contestó el Tigre de Malasia—. Aunque es cierto que nos quedan otros cuatro.

Cornaca, ve a ver dónde le han tocado.


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